En el trabajo de su marido no convenía llevar alianzas ni anillos puestos, para evitar enganches y accidentes que ya se habían visto. Por ello cada vez que en las ocasiones especiales, el descolgaba el anillo de su sitio habitual para llevarlo en su dedo anular derecho, ella sentía ante aquel brillo inusitado un vuelco en el corazón, de nuevo mariposas en el estómago y una sonrisa picarona volvía a su rostro.
Recuerda aquella vez que, adolescentes y él en su papel muy duro a lo Dany Zuko, fingía no escucharla cuando ella, oliendo una muñequera de él, mencionaba lo bien que olía. Para ella el olfato fue siempre su sentido más desarrollado, el que mayores placeres y mayores disgustos también la había provocado.
Por eso, aquella tarde de espaldas a la gran escalera que separaba la calle del local donde quedaba siempre toda la pandilla, supo que él se acercaba, porque el olor de la muñequera le precedía como una señal, como un heraldo. Olía a Crossmen y ella sin mirar supo que él llegaba, y que se había duchado en esa colonia para impresionarla porque, aunque parecía que no la miraba, o no la escuchaba, no dejaba de hacerlo.
Mientras ella se observa al espejo, 20 años después, ve con el rabillo del ojo el anillo colgando del bote friki de colonia de Spiderman, que la nena grande le regaló con todo su amor; cuelga esperando de nuevo otra ocasión para ser lucido. El Lacoste y el Hugo Boss se acabaron justo a tiempo de no poder ser repuestos, pero el sonríe mientras se pone un poquito de "Eau de Spiderman" como aftershave.
También ella sonríe cuando en la balda del supermercado encuentra por casualidad el pack de Crossmen que él usaba en su juventud, y que, éste sí, pueden permitirse ahora que han vuelto, como antes, a disponer sólo de sus dos sueldos, que no es poco. Los Reyes Magos lo encuentran, y lo envuelven cómplices, y él sonríe cuando lo abre y seguro, recuerda aquella muñequera. Mientras su nena grande luce también regalo de Reyes muñequeras de adorno de sus tiempos. Muñecas y muñequeras, de antes, y de ahora.
Y han vuelto a hacerlo, han vuelto al principio. Y aunque tienen menos dinero que antes, son más ricos ahora, porque sólo dejándose llevar por la ilusión de las risas de su casa, ajenas a la crisis, son capaces de abstraerse de los problemas que hacen vomitar, tener insomnio y hacer calenturas en los labios por la incertidumbre.
Hemos vuelto a curar un lomo. ¡Somos incorregibles!
