En mi barrio está el chino Manolo, que es un chino que lleva aquí ya tantos años que nos ha borrado la memoria del negocio que había antes en el local que ahora ocupa, y que realmente no son tantos: es el desgaste por el uso. En el anterior supermercado no entrábamos nunca, y al chino Manolo le visitamos todos los días, en ocasiones varias veces.
El chino Manolo se llama así para acercar culturas, y está muy occidentalizado, excepto en currar como un chino, que lo hace. Nunca se ve con su mujer porque tienen más de 12 horas abierto, y cuando no está el uno, está la otra. Pero cierra cuando hay partidos de fútbol importantes, como aquel 11 de julio de 2010 cuando ganamos nuestro primer mundial. Además lo puso en un cartel y todo: Cerrado por el fútbol. Jamás había visto un chino así. Bueno, en realidad es que no conocía a ninguno de antes, salvo de las tiendas de todo a un euro, y los restaurantes. Pensandolo bien, son bastantes.
Al chino Manolo le visitamos con los ojos cerrados cada día a cualquier hora porque siempre tiene pan caliente y recién hecho. Y le visitamos con los ojos bien abiertos cuando tienes que coger en encargo-ametralladora: es aquello que se te ha olvidado y que sabes que el chino Manolo te lo venderá con su eterna sonrisa, pero con la metralleta en la mano a precio de oro ¿por qué con los ojos muy abiertos? porque es posible que esté caducado, o a punto de hacerlo.
Es que el chino Manolo es de extremos: pan siempre caliente y reciente, y el resto de productos siempre a punto de salir corriendo con sus patitas por sí mismos de la tienda. Una vez tuve que entrar a descambiar un polo que le había vendido a mi nena completamente aplastado (y congelado). Evidentemente se les había descongelado, y tal cual, lo volvieron a congelar. Eso le puede pasar a cualquiera (o no) El chino Manolo te lo cambia sin dudar. La china Susana se te enfrenta, como las ratas, y trata de convencerte de que eres una caprichosa, y que el polo-folio está perfectamente como está.
De hoy no pasa, pensé hace un par de horas. Me voy a por dos barras y las dejo reposar para hacer torrijas. Como no lo hagas a posta, del Chino Manolo no te sobra nunca ni un currusquito. El pan caliente es un pecado mortal y cae solo.
Llego allí y ¡oh! tienen barras de torrijas. No soy muy partidaria de comprar un pan especial, pero dado que preferiblemente quería hacerlas hoy, le pregunto a como son y me dice que gratis
-¿Gratissssssss?
-Sí, sí, llevaté dos, me las ha traido repartidor, regalado.
Yo imagino que son barras reposadas que ya no pueden vender. El caso es que están un poco duras. Como me ha dado apuro, pues le he comprado una reciente, aunque no pensabamos hacer cena con pan.
¡Pues menos mal! El chino Manolo no da puntada sin hilo, ni regala nada por que sí. Las barras no estaban reposadas. Bueno, sí. Tan reposadas, que estaban duras como piedras. Tan duras que se deshacían al cortarlas para hacer las torrijas. Inutilizables, tal vez para pan rallado...
¿Resultado? He cortado la barra del "apuro" en rodajas bien gordas, y las he dejado al aire un rato para que endurecieran mientras hervía la leche con las ramitas de canela con la cáscara de limón (sólo amarillo, nada blanco, que amarga) y el azúcar. Como me parecían pocas, he completado con los culetes gordos del pan de molde ¡a ver que tal!
A estas horas aún se está enfriando la primera tanda. Las tandas siguientes están prometidas a mis compis. Se puede ver mi receta completa, con fotos y todo aquí.
¡¡¡¡Vuelve Torrijeitor!!!!!

