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miércoles, 6 de diciembre de 2017

Bizcocho de limón (o los tiranos de 18 kilos)


Supermercado del barrio. En la cola de la caja (la más larga, por supuesto)
Detrás de mí aterriza familia aparentemente mono-hijal. El padre carga sobre los hombros a berraca de unos 4 años y aproximadamente a ojo, y haciendo media entre mis hijas debe pesar la moza sus buenos 15-18 kiletes.

-Hija ¿me dejas que te baje?
-Hummmmmmm NO
-Hija, dejamé que te baje, anda, que pesas mucho y estoy cansado.
-Hummmmmm (se lo piensa, se lo piensa, se lo piensa) bueno, vale
-Ayyyy ¡muchas gracias mi niña!

Si a veces tengo complejo de sargento-de-hierro-bruja-piruja-madre-tocapelotas, con estas escenas se me quitan.

Vamos a cocinar juntitas pero no amontonadas, que no me atrevo a vislumbrar como va a resultar esto de dar el poder absoluto a pecho descubierto a personal inmaduro, en formación, nada más aterrizar en el mundo sin miaja de experiencia y sin práctica de la responsabilidad. 

Por eso, en honor de "mis oprimidas", pongo hoy su bizcocho, porque ya lo hace todo la grande (menos manejar el horno) Tengo la nota de los ingredientes manuscrita por ella a los 8 años cuando tras apuntar los ingredientes me preguntó el orden en el que había que mezclarlos. Ella solita levanta hace años las claras a punto de nieve y se ralla la cáscara del limón.

Lo perfeccionó definitivamente cuando un día que vino la yaya, al ver la nota en el frigorífico, apuntó que no es medio sobre sino UNO entero de levadura.

Ideal para hacerlo en una tarde de domingo larga, justo antes del baño, para que así no importe tanto el reboce en harina de ambas.

También lo llamamos el 3-2-1

-3 Huevos: para que quede más bueno separamos las yemas y las claras las montamos a punto de nieve. Estoy revelando nuestro secreto de por qué nos queda tan esponjoso
-1 yogur de limón, o natural
-3 medidas del vaso de yogur de harina
-2 medidas del vaso de yogur de azúcar
-1 medida del vaso de aceite de girasol
-la ralladura de un limón, y el zumo de la mitad
-1 sobre de levadura

Mezclar el yogur, con el aceite y las yemas y el limón. Añadir la harina, levadura y el azúcar y mezclar bien e incorporar las claras a punto de nieve. Volcar en un recipiente de bizcocho que habremos engrasado y poner en horno precalentado a 200 ºC  arriba y abajo. Yo el calor de arriba lo quito enseguida y vigilo, luego lo pongo otra vez si hace falta. Si se dora mucho y muy pronto, podemos taparlo con papel de aluminio para que no se queme. Lo tengo como 30-40 minutos hasta que pinchándolo, el pincho sale limpio.

La receta de este bizcocho que tiene thermomix para mi gusto no queda tan buena. No obstante, no pide levantar las claras.

Es necesario en ocasiones un poco más de esfuerzo y perspectiva, no decayendo en la tarea de alzarla,  hasta que quede alta, firme y suave, y que no cae. Nada que ver con dejar que esa baba transparente y primitiva se nos deslice entre los dedos, por respetar su forma original y esperando que sin nuestra intervencion y con mera contemplación, nos quede un bizcocho firme,  pero grande, tierno y esponjoso.

Pd. A mi querida compi, que batió con amor y sin descanso claras con su único hijo y que ahora vemos volar por su cuenta, hecho y derecho, esperanzada yo de poder  ir obteniendo los mismos resultados.



domingo, 3 de abril de 2011

Casi Rosquillas (o Ahmed no va a ningún cumpleaños)


No estaba yo ni en tercero de infantil, cuando llegué con un gran disgusto a casa. En clase, unas niñas habían hecho dos grupos: el de los ricos, y el de los pobres. Y me tocó en éste último.
Hasta entonces yo nunca había pensado en nada así, y solo la división y mi asignación junto a otras niñas, ya pronosticaba que era algo catastrófico. En el grupo de las ricas, además estaban las guapas, que no tenían porqué ser ricas, bastaba que sus papás tuvieran trabajos no al uso en un pueblo como el nuestro, a saber: las pobres, según el conocimiento que me dió el paso de los años, éramos las hijas del campo, y de los desertores del campo como se definía siempre mi padre. Y las ricas eran las guapinas, con lunares si es posible, e hijas de banqueros (cajeros de la caja rural) o hijas de hombres de negocios (auxiliares administrativos en el ayuntamiento) No me interpretéis mal. Las ricas y ricos de verdad, los de pasta-pasta de la buena, no participaban de estas tonterías. A lo sumo algún o alguna poco querido en su casa, y aficionado al peloteo, pero pocos. De hecho la niña más rica del pueblo, pero de lejos, era la más educada, y sobre todo, siempre, sin ser amigas íntimas, nos tratamos con mucho cariño y respeto. Ya se sabe, cosa de educación y no de dinero.


Crecí en un pueblo en el que aún eran figuras importantes el maestro, el cura, el médico. Y por supuesto sus hijos e hijas.


Crecí en un pueblo en el que alguien podía ganar un tercer premio en una maratón sólo por ser la hija de una de esas tres figuras, aún a costa de arrebatárselo a una dulce y espigada niña que corría como el viento, rápida como el pasar de páginas de un dibujo animado.


Crecí en un pueblo en el que, con los años, me alegré de pertenecer a la clase de los "pobres", porque eran castellanos nobles (que no nobles castellanos) sobre todo porque tenían la mirada limpia al fijarla en tus ojos, y no había ni hay otra historia más que la del trabajo duro, bien hecho, y las necesidades básicas bien cubiertas. Lo demás, excepto la salud, zarandajas.


Gente que no cree que porque el estómago no tenga vidrieras, haya que dejarlo vacío para irse de vacaciones.


Gente que nunca se avergonzó de decir ni se molestó ni se molestará en ocultar cual es su trabajo, ni cual fue o es el de sus padres.


Gente que nunca aparenta estar a un paso de codearse con Isabel Preisler y sí de escandalizarse porque sube de nuevo la luz y el gas mientras te desgranan sus ingresos y gastos básicos sin pudor.


Y tú te ríes porque esos "pobres" con los que te catalogaron cuando eras pequeña, gastan más en comer y en calentarse de lo que dispone tu compi-pija para pasar el mes mientras aparenta vivir montada en el dólar, entrando y saliendo de tiendas, outlets y demás.


Y tú de pequeña, invitabas a las niñas pseudo-ricas a tu cumpleaños. En una película americana serían las populares. Y no venían. Y por supuesto, no te invitaban nunca jamás ni por asomo a los suyos.


Este post me da vueltas desde que leí a Mamá española en Alemania, especialmente en este post en el que se refería al trato diferente que tenían sus hijos por ser semi-extranjeros. Y en qué pensará Ahmed cuando, año tras año, no le invitamos a ningún cumple. Ni nosotros, ni ningún niño de los 12 que están en el círculo de la nena. Cierto es que tampoco nunca se ha sabido que invite al suyo, ni que lo celebren, ni que sea importante para él-ellos. Pero me apena saber al hablar con su madre, que va retrasado en la lecto-escritura porque resulta que en casa hablan marroquí todo el rato, y claro, no parece resultar suficiente para que el niño domine mejor el castellano. Porque tampoco después de clase, entiendo entonces, se sumerge en el maravilloso mundo de los españolitos, sino que sigue inmerso en el marroquí.


Y pienso que poco hacemos (qué poco hago) para ayudar a que los demás se integren. Porque puede que sonreir siempre y hablar de vez en cuando con la mamá de Ahmed no sea suficiente. Que quizá invitarle a jugar alguna tarde a la semana con la Nena sería una buena ocasión para que practicara el castellano.


Que quizá me aterroriza más de lo que quiero reconocer comentarios y conversaciones inocentes como ésta respecto a la educación y la cultura, y los prejuicios:


-Ahmed decía ayer, Nena grita y salta a mi alrededor-comenta la mamá de Ahmed


-Sí, está un poco trasto y revolucionada últimamente-me disculpo yo


-Yo le digo "ten paciencia, es niña, está loca, como todas"


-Ja ja ja-río yo con cara de circunstancias....


Joder, mis padres eran excelentes anfitriones. Mi padre metía en casa a todo el que pasaba por la calle, especialmente cosas con mucho pelo (perros y gatos) Y mis padres eran excelentes anfitriones, porque los pobres del pueblo son excelentes anfitriones también.


Como en cualquier cultura rica (que no de dinero) que se precie, el extranjero, el peregrino, la visita, siempre ha de ser tratada con el máximo respeto, y tolerancia, y generosidad. Aunque sólo sea por el honor y privilegio de haber sido elegidos como destino.


Dice Arguiñano (que da para un post, y hasta un blog para él solo, como persona) en la cancioncilla de su programa de recetas en A3 a las 20.15: "El movimiento se demuestra andando...y el cariño cocinando"


En mi pueblo, en sus fiestas más grandes se preparan unos dulces típicos, que junto con vino, no se hacen sino con otra intención que agasajar a las visitas durante esos días de fiesta. Y no sólo a las visitas a tu casa, no...sino a la marabunta que rebosa el pueblo y las calles. La gente pobre, la mía, a la que pertenezco desde que fui clasificada en tercero de infantil; pasa los días y semanas anteriores elaborando y preparando con cariño, que es como ha de prepararse todo lo del estómago, estos dulces que junto con vino se ofrecerán a los forasteros, conocidos o desconocidos.


Quiero ser mejor persona, y no me encuentro más que trabas. Quiero ser tan buena anfitriona como mis padres. Y sobre todo, quiero que mis hijas, sobre todo la Nena, compañera de Ahmed, nunca haga, ni participe en divisiones como en la que me segregaron a mí, ni pierda de vista lo verdaderamente importante de esta vida: las personas.


Y lo verdaderamente importante de las personas: las personas en sí mismas.


En unos días, cuando me la mande mi madre, pondré la receta de las rosquillas y los retorcíos (algo parecido a los pestiños). Jamás los he hecho porque aún no soy una persona que te cagas como es mi madre. Será una transcripción de su receta.


Ella es capaz de pasarse casi 48 horas elaborándolas para decenas de desconocidos, o por encargo mío para decenas de fans que sin conocerla, la adoran.


Os deseo suerte para hacerlas. Hace falta, además de los ingredientes, mucho amor, mucho cariño, mucha tolerancia y mucha empatía.


Por eso aún no me he atrevido a hacerlas, ni las pondré hoy aquí. Mientras Ahmed siga sin ir a los cumpleaños, a mí me faltarán ingredientes.


jueves, 28 de octubre de 2010

El método Estivill y el colecho son la misma cosa

Me desmarco de mi linea habitual del blog (amor y cocina cotidiana) con un post sobre crianza. Prescindo hoy de la cocina, pero no del amor, que es lo que subyace en la crianza de nuestros hijos, más o menos acertada, porque en todos los casos (al menos en la mayoría) ésta suele estar guiada por el amor y no por la falta de interés por el bienestar de nuestros hijos.

¿Por qué un post ahora sobre esto?...bueno, estoy criando a mi nena, ya de 6 años, y esperando como sabéis a la siguiente ¡¡¡qué largo se me está haciendo y qué ganas tengo de verla!!
Y como visito post de padres en edad de criar como nosotros, pues hay veces que dejo comentarios taaaaaaaan gigantes, que pienso ¡si esto es un post! Así que eso hago. Traer aquí mi opinión sobre el tan manido y controvertido tema del sueño de los niños, del colecho sí, colecho no, Stivill monumento, o Stivill hoguera.

Pues bien, mi opinión principal, en el título la traigo: El método Estivill y el colecho, son la misma cosa. O al menos, ambos sirven para lo mismo: que padres e hijos duerman, descansen y disfruten felices y sin ojeras unos de otros. ¿En qué me baso, y cuales son mis argumentos?

Leyendo bien el libro de Estivill, y asegurándonos SIEMPRE que no hay razón para llorar (enfermedad, hambre, nerviosismo por cambios externos) tal y como él propone, funciona.

Todos los niños todos, todos, se despiertan varias veces por la noche.
Muchas veces.
TODOS LOS NIÑOS.
SIN EXCEPCIÓN.

Para dormirse de nuevo necesitan consolarse, necesitan saber consolarse. Si normalmente se duermen con la mano de mamá...cada vez que me despierte, necesitaré la mano de mamá: pues lloro y viene mamá.

Si yo he aprendido a dormir con el tete, y con un oso, siempre el mismo, cuando me despierte, lo veré, me sentiré bien de nuevo al ver que el oso sigue ahí, y podré volver a dormirme. No es enfermedad, no es soledad, es el hábito de lo que necesito para dormir.

Es cuestión de con qué enseñamos a dormir a nuestros hijos.



Creo que esta preciosidad se llama Aimar, lo encontré en la red aquí en este blog




Si esto no lo hicimos desde el principio (crear un entorno seguro, y predecible y una manera siempre igual de dormir: oso, mi cuna, mi móvil...que me permita volver a dormirme sólo por muchas veces que me despierte) pues tendremos que enseñárselo, o permitirles tener toda la noche con lo que se han acostumbrado a dormirse: TÚ. Lo que se viene llamando colecho.

Y Estivill propone la manera de corregir el desajuste que tiene el niño cuando ni se da colecho (padres) ni se da sustituto. Y hace falta no un corazón duro, sino entender esta teoría: voy a sustituirme a mí misma en las 1000 veces que un niño (TODOS) se despiertan sin motivo durante la noche, por algo que le haga sentir igual de bien los 3 segundos que dura ese despertar.
En realidad, el tiempo que tienen que emplear en reclamarnos, despertarse, espabilarse y llorar porque nos necesitan para volverse a dormir, no sólo perjudica a los padres, les está perjudicando enormemente a ellos, que transforman los 3 segundos que emplearían en volverse a dormir si al abrir los ojos, vieran que todo sigue igual (su oso, o su mantita, su chupete, o lo que sea) en un rato inevitablemente más largo mientras ven que no estás, te llaman llorando y vas.

La demostración de esto, de que necesitan lo mismo para volverse a dormir...es que cuando duermes toooooda la noche con ellos, ¡eso no pasa! ¿por qué? Porque abren los ojos un segundo, y tú, tu objeto para dormirse, ¡está ahí!
No es difícil entender entonces la necesidad de introducir, si no lo hicimos desde el principio algo constante y consistente que le haga dormirse seguro y que esté ahí todas las veces que se despierte.

Dos opciones para que duerman sin espabilarse en todos esos despertares (malo es para un adulto la falta de sueño...pero para un niño que crece durante éste, y organiza su desarrollo neuronal...es mucho peor) Dos opciones digo:

-O duermes todas las noches con él (colecho) de forma que repito, no llorará porque las 1000 veces que se despierte, tú estás y se duerme automáticamente sin necesidad de llorar y espabilarse.



-O le enseñas (Estivill te ayuda) a dormirse con un sustituto seguro que siempre esté, se despierte las veces que se despierte. Repito como el ajo: oso, chupete, mantita, muñeco etc "Toma cariño, aquí te dejo tu oso, que estará cuando te despiertes para que te puedas volver a dormir, mira, le dejo muchos besitos para ti"....¿que llora? Vuelves a entrar, ¿estás bien? ¿si? mira, ahora vas a dormir, con tu oso...

El colecho para dormir todos (especialmente los niños) funciona. Es el mismo principio, la misma lógica. Las ventajas del colecho son evidentes. Las desventajas, también (en la foto del colecho, no sé qué hicieron para traer hermanitos para el mayor ¡no quiero pensarlo!) amén de que uno tendrá que ser consecuente con el tiempo que puede dilatarse éste, y/o cuando ponerle fin si es que el niño no reclama cama para él solo ni a los 9 años...

Si el Estivill, después de 3 días no funciona, es porque no se está haciendo bien, y habrá que pedir ayuda para aplicarlo correctamente si se quiere no ya solo descansar, sino que lo hagan los niños en condiciones y su crecimiento y desarrollo sea correcto.
Andar a caballo entre ambos “métodos” o “corrientes” es inconsistente y perjudicial para nuestros hijos. Hay que decidirse por una opción, o por otra.
¿Por qué?
Porque cuando un niño duerme la noche entera, ya sea por colecho (despertar-veo a los papás con los que me dormí-me duermo) o por Stivill (despertar-veo al oso con el que me dormí-me duermo) me permite distinguir perfectamente si mi hija está enferma, o está nerviosa por cambios en su vida, en su guarde, en su cole, etc.
Porque si mi hija duerme bien todas las noches, porque sabe cómo dormirse…las pocas veces que llore, lo hará con razón.

¿Cómo se puede distinguir cuando un niño llora porque necesita el objeto-persona con el que se durmió de cuando está enfermo o te necesita por otra razón?

No se puede distinguir, si el niño no tiene ese hábito correcto de sueño (ya sea por compañía de padres o de sustitutivos). Por lo que se impone la necesidad de enseñarles a dormir, o continuar como hasta ahora, levantándoos siempre porque siempre os quedará la duda.
Yo apliqué el Estivill suavemente desde el principio (siempre la misma rutina de sueño y objetos) así que siempre que mi hija lloró (con los 10 dedos de la mano me sobra) fue porque me necesitaba de verdad.
Que en esa enseñanza del hábito de dormir, vosotros decidáis ser su objeto seguro (colecho) o se elija un objeto sustituto (Estivill) es una decisión totalmente personal. Pero hay que tomar ya una de las dos, no estar entre ninguna.


Cuando me refiero a que Estivill y el colecho dicen lo mismo me refiero a la forma, es decir, a que los niños necesitan para volver a dormirse lo mismo con lo que se durmieron la primera vez. El fondo del colecho es que los niños han de dormir acompañados siempre, como todos los mamíferos. El fondo de Stivill, si mal no recuerdo de su lectura, obvia esta filosofía para centrarse en el mecanismo del sueño, que a mi modo de ver, lo describe muy acertadamente y cuyo método bien aplicado para los padres que no quieren colecho, es muy eficaz y no priva a los niños de su merecido descanso, así como tampoco les priva de su compañía. Quien diga que el método Estivill permite o predica que hay que dejarles llorar por horas...no lo ha leido o no lo ha entendido.
¡Abrazos para todos!