Me encanta el País Semanal.
Hoy su portada es la foto del muro, con un chico subiendo, otro mirando hacia arriba y muchos más arriba del todo, acaballados en él con una pierna en RDA y la otra en RFA. Es el lado del muro pintado.
En la portada: BERLÍN AÑO VEINTE CUMPLEAÑOS FELIZ. El acontecimiento me sigue poniendo los pelos como escarpias, de emoción, porque en mi interior no reconozco violencia más extrema que la de coartar la libertad de movimiento, o de pensamiento. Hoy al estremecimiento se suma la cuenta ¡Veinte años! vamos para viejos...sí, ya sé que estoy apenas en la treintena, pero ¿veinte años? ¿yaaaaa?
Hace 20 años empezaba 1º de BUP (Bachillerato Unido Polivalente, para que me entiendan los hijos de la ESO), y el Super Pop, al que era entonces tan adicta como lo soy ahora al País Semanal, nos regalaba un trocito de piedra del recién abierto y derribado Muro de Berlín. Recuerdo que venía en una cajita de plástico transparente con tapa de cartón negro por detrás. En la revista publicaban fotos de como habían traído una sección de muro. Recuerdo las fotos de los camiones (serían, o no serían verdad....) y recomendaban que sacáramos el trocito que nos regalaban, lo apretáramos fuerte entre las manos y sintiéramos las historias que no habían podido ser hasta ese momento y las que a partir de ahora serían...o algo así.
Por supuesto, no abrí la piedra, ni la estrujé. Y digo por supuesto, porque mi madre, en uno de sus arranques de Mr. Proper si la hubiera encontrado sin cartón por mi caótico cuarto la hubiera tirado sin contemplaciones al grito además de “y hasta piedras tenías en el cuarto, como cuando eras chica en la mochila”…pobre, si ahora hasta la entiendo….
Y digo también que por supuestísimo no lo abrí, porque ya con 14 años además de ser muy muy soñadora, también era bastante bastante realista. Ya bastante emotivo era el hecho en sí, y el trozo que se habían molestado en traer desde Alemania, y romper en trozos, y envasarlos para compartir con naturalmente-hormonadas adolescentes algo más que consejos sobre besos con lengua. Pues digo, que ya bastante emotivo era el acontecimiento…yo no necesitaba además apretujar el cascote pequeño, gris, de hormigón.
Dos años después conocí al amor de mi vida. Sí, así con esta seguridad lo digo, porque pase lo que pase, lo será para siempre, aunque no viviera con él. Que vivo ¿eh? Es mi santo, el que me cocina y con el que ya llevo la friolera de 17 años, 7 de ellos compartiéndolo todo. Siempre fuimos aves raras, y pasábamos horas, y horas, días y días, semanas y semanas, meses y meses ¡hasta años!….buscando huequitos donde poder charlar todo el tiempo que pudiéramos. Con 30 años diréis que es normal…pero se reían bastante de nosotros con 16 años.
Por aquella época no éramos buenos clientes…la verdad.
Hoy su portada es la foto del muro, con un chico subiendo, otro mirando hacia arriba y muchos más arriba del todo, acaballados en él con una pierna en RDA y la otra en RFA. Es el lado del muro pintado.
En la portada: BERLÍN AÑO VEINTE CUMPLEAÑOS FELIZ. El acontecimiento me sigue poniendo los pelos como escarpias, de emoción, porque en mi interior no reconozco violencia más extrema que la de coartar la libertad de movimiento, o de pensamiento. Hoy al estremecimiento se suma la cuenta ¡Veinte años! vamos para viejos...sí, ya sé que estoy apenas en la treintena, pero ¿veinte años? ¿yaaaaa?
Hace 20 años empezaba 1º de BUP (Bachillerato Unido Polivalente, para que me entiendan los hijos de la ESO), y el Super Pop, al que era entonces tan adicta como lo soy ahora al País Semanal, nos regalaba un trocito de piedra del recién abierto y derribado Muro de Berlín. Recuerdo que venía en una cajita de plástico transparente con tapa de cartón negro por detrás. En la revista publicaban fotos de como habían traído una sección de muro. Recuerdo las fotos de los camiones (serían, o no serían verdad....) y recomendaban que sacáramos el trocito que nos regalaban, lo apretáramos fuerte entre las manos y sintiéramos las historias que no habían podido ser hasta ese momento y las que a partir de ahora serían...o algo así.
Por supuesto, no abrí la piedra, ni la estrujé. Y digo por supuesto, porque mi madre, en uno de sus arranques de Mr. Proper si la hubiera encontrado sin cartón por mi caótico cuarto la hubiera tirado sin contemplaciones al grito además de “y hasta piedras tenías en el cuarto, como cuando eras chica en la mochila”…pobre, si ahora hasta la entiendo….
Y digo también que por supuestísimo no lo abrí, porque ya con 14 años además de ser muy muy soñadora, también era bastante bastante realista. Ya bastante emotivo era el hecho en sí, y el trozo que se habían molestado en traer desde Alemania, y romper en trozos, y envasarlos para compartir con naturalmente-hormonadas adolescentes algo más que consejos sobre besos con lengua. Pues digo, que ya bastante emotivo era el acontecimiento…yo no necesitaba además apretujar el cascote pequeño, gris, de hormigón.
Dos años después conocí al amor de mi vida. Sí, así con esta seguridad lo digo, porque pase lo que pase, lo será para siempre, aunque no viviera con él. Que vivo ¿eh? Es mi santo, el que me cocina y con el que ya llevo la friolera de 17 años, 7 de ellos compartiéndolo todo. Siempre fuimos aves raras, y pasábamos horas, y horas, días y días, semanas y semanas, meses y meses ¡hasta años!….buscando huequitos donde poder charlar todo el tiempo que pudiéramos. Con 30 años diréis que es normal…pero se reían bastante de nosotros con 16 años.
Por aquella época no éramos buenos clientes…la verdad.
Pasábamos las horas en bares con dos cafés con leche con dos azucarillos cada uno y dos vasos de agua. Algunos fines de semana íbamos a un pub-cervecería con sillones grandes de mimbre que tenía poco jaleo, y una gran cristalera que miraba a un descampado al pie de las montañas, donde casualmente 10 años después construirían el bloque donde tenemos nuestra casa…¡estoy cayendo ahora en la de horas que pasamos mirando sin querer nuestro futuro hogar!
He comenzado hablando de Alemania, y por ahí continuaré (o uniré historias). A veces en esta cervecería nos tirábamos el moco con las 2000 pelas de paga semanal (12 euros al cambio, me muero de la risa) y nos pedíamos el plato típico: Salchichas con chucrut que ya no me acuerdo como se llamaba en la carta, pero que sonaba mucho más Subanestru Jenbajen.

No eran como las de la foto. Era un plato finísimo con una única salchicha blanca, grande y cortada a lo largo y dorada a la brasa, con una cucharadita de chucrut, un poquito de puré de patata y mostaza especial. Cuando yo digo finísimo me suelo referir a que te deja con hambre, si no diría “elegante”. Estaba bueno que te cagas (que poco elegante, podió), pero nos llegaba a un diente…y no te digo nada cuando la paga se había agotado y nos pedíamos un plato para picar los dos.
Lo recuerdo tan tierno como en Dos en la Carretera…me dan ganas de llorar de amor cuando lo recuerdo y también cuando vi la película…tienen que dormir de emergencia en un hotel carísimo y como no quieren comer nada para poder pagar la noche, hacen como aquel que dice de faquir, engañando al hambre para descubrir al día siguiente que el hotel tenía una oferta en la que el desayuno iba incluido con el alojamiento….
Lo bonito, o triste, con los años es que volvían al mismo hotel, él ya siendo arquitecto de renombre…Qué poco valoramos lo que conseguimos, qué poco comparamos con lo felices que nos hacía lo poco. Sólo tratamos de superarlo, que sea mucho y “hartarnos”. Sólo con el paso de los años valoras lo poco como una eternidad de grande ¡ay!
Como decía, la deliciosa y agradable salchicha me dejaba ligeramente insatisfecha (Uy podió ¡qué mal ha sonado eso!) por la falta de poder adquisitivo quiero decir (bueno, creo que esto ya ha quedado fatalmente fatal)
Como decía, la deliciosa y agradable salchicha me dejaba ligeramente insatisfecha (Uy podió ¡qué mal ha sonado eso!) por la falta de poder adquisitivo quiero decir (bueno, creo que esto ya ha quedado fatalmente fatal)
Años después aquella cervecería cambió de dueños…y con ellos de carta. Las salchichas blancas con puré de patata y chucrut (col hervida finita que venden en lata) son un plato muy rico y socorrido. Lo ponemos abundante…nos quedamos hartos, pero no señor, no tiene el sabor de aquellas tardes de salchicha y dos cafés con leche con dos azucarillos y vaso de agua.
Pero nos queda el recuerdo compartido ¡que es un mundo! Y que tengamos muchos años para recordarlo de la mano.
La receta es bien fácil: Salchica blanca, a mí me gusta abrirla a lo largo, y hacerla a la plancha-brasa (tal y como la conocí), un poquito de puré de patata (seguir receta del de Polvo de Maggi) y chucrut. Se compra la lata, y se rehoga poca cantidad (cunde mucho) en una sarten en la que habremos dado unas vueltecitas en mantequilla unos taquitos de bacon y manzana cortada chiquitita. Servir acompañado de nuestra mostaza favorita (con Uncle Williams desluce un poco, la verdad) Es delicioso.
Esto ha quedado largo de la leche, pero me he quedado bien agusto también. Hacía mucho que no escribía. Termino con “el lado pintado” que mencionaba arriba. Mi santo me llevó en nuestros primeros años de novios, siendo adolescentes, a su antiguo barrio, donde está el Parque de Berlín. Me había dicho que allí habían llevado ¡por supuesto!, secciones del muro tras su caída. Ya me lo había contado…pero la impresión no fue por ello menor. En un lado había grafitis (de la época de Alemania ¿eh? No de Madrid), lo normal, vamos. Rodeé el “monumento”. El otro lado estaba completamente limpio y gris. La tristeza invadió mi corazón, la violencia de ese muro limpio me golpeó aún sabiendo previamente lo que iba a encontrar.
Las lágrimas aún acuden. Y aún lo hacen porque todos los esfuerzos, todos los símbolos a los que nos aferramos (la piedra del Superpop, traer una sección al Parque de Berlín, y demás manifestaciones) no sirven para evitar que se levanten muros nuevos.
¡Paf! Manotazo a la tristeza. Hay que arremangarse y seguir luchando por mantener el equilibrio.
¡Feliz tarde de domingo!
